La Roca de la que queremos hablar no es una película de acción, ni el nombre de la isla de Alcatraz en la bahía de San Francisco. La Roca es un municipio del Vallés, una de las comarcas que configuran el corazón de Cataluña, y ya es popularmente conocido -docenas de carteles anunciadores por las carreteras- gracias a su centro comercial outlet, La Roca Village.
¿Y qué es un outlet? Pues un fuera de temporada, un comercio que vende artículos de marca todo el año, por lo general los suyos propios, a precios rebajados. Se trata de la penúltima estrategia comercial procedente de Anglosajonia, una manera de perpetuar la temporada de saldos y rebajas para marcas, sobre todo las textiles, con una capacidad de producción inagotable desde sus nuevos centros fabriles del tercer mundo.
El complejo outlet de La Roca está a pie de autopista, con una gran playa de aparcamientos y un formato arquitectónico totalmente castizo: los comercios se alojan en locales que imitan decimonónicas casas modernistas, con plazas y calles decoradas por fuentes y bancos seudogaudianos; un idealizado pueblo catalán, en suma. Todo un revival neorromántico que hace furor entre las clases medias y los turistas que compran a mitad de precio, en cualquier temporada, productos de Loewe, Ralph Lauren, Hugo Boss, Tommy Hilfiger, Burberry, Calvin Klein?
La propuesta de estos pueblos/villages es la de dedicarse por entero a recrear el mundo perdido de un urbanismo rural y a escala humana. Toda una ficción basada en la melancolía de los viejos lugares. Un falso urbano al servicio del consumo y largas colas los fines de semana. La iniciativa es de la multinacional Value Retail, que apenas ha abierto una docena de estos centros en Europa, incluidos el catalán y otro en Las Rozas, aunque anuncia otros dos, en Mallorca y en Andalucía, siempre buscando lugares con importantes focos de atracción turística.
Valencia, de momento, está fuera de los planes village, a pesar de su reciente boom como ciudad destino para turistas internacionales. Lo más parecido es el poblado outlet de Bonaire, pero allí no hay marcas tan glamurosas? un poco de Adidas, de Farrutx, de Mango?
Lo más sorprendente de Bonaire, sin embargo, es el éxito generalizado de su gigantesco ámbito comercial, más allá del poblado outlet, un buen negocio de la compañía madrileña Riofisa que apostó por un suelo colindante con la planta de tratamiento de basuras de Fervasa. A pesar de lo cual, Bonaire está siempre a reventar, incluidos sus restaurantes de fast food.
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Lo que sí tenemos, en cambio, es un Mercado Central imponente y feraz, capaz de llamar la atención de Michelin y, ahora, de Prada, dos envidiables marcas universales que lo han elegido para celebrar sus fiestas en Valencia del modo más chic. Tendremos fiesta de Prada a cuento de su presencia en la Copa del América, pero no tenemos tampoco tienda Prada, lo cual no es baladí. Porque Prada es, hoy por hoy, la referencia mundial del estilo gracias al genial talento de Miuccia, quien ha logrado mantener el rigor de un diseño actual sin necesidad de piruetas o excesos innecesarios al modo Versace pero sin el aburrimiento de Armani y con guiños desacralizadores y buen humor, lo que le aleja de clásicos como Chanel.
Aquí no hay Prada, salvo en la tienda Chapeau -con interior elegante y sobrio de uno de los mejores jóvenes arquitectos valencianos: Ramón Esteve-. No hay un espacio exclusivo Prada como esa obra maestra de Rem Koolhas en el Soho neoyorquino camino del Chinatown. Corrió el rumor, en su día, que Alex Vidal igual se lanzaba con la idea, pero ni siquiera en Prada-Milano tienen previsto a corto abrir delegación en Valencia. Así, al menos, se lo explicaron al gastrónomo García Santos -que viste Prada de arriba abajo- el día que le perdieron las camisas camino de Valencia y quiso renovarlas en una inexistente Prada de Valencia.
Tenemos, pues, fiesta y barcos, pero no hay Prada. Nos falta un peldaño.
Source : www.levante-emv.com, JUAN LAGARDERA